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sábado, 26 de mayo de 2012

Babel y Pentecostés: La Ciudad del hombre y la Ciudad de Dios

Pentecostés, fiesta grande para la Iglesia
Con el Espíritu Santo entramos en el mundo del amor. Gracias al Espíritu Santo cada bautizado es transformado en lo más profundo de su corazón.
 
Pentecostés, fiesta grande para la Iglesia
Pentecostés, fiesta grande para la Iglesia
Pentecostés fue un día único en la historia humana.

En la Creación del mundo, el Espíritu cubría las aguas, “trabajaba” para suscitar la vida.

En la historia del hombre, el Espíritu preparaba y enviaba mensajeros, patriarcas, profetas, hombres justos, que indicaban el camino de la justicia, de la verdad, de la belleza, del bien.

En la plenitud de los tiempos, el Espíritu descendió sobre la Virgen María, y el Verbo se hizo Hombre.

En el inicio de su vida pública, el Espíritu se manifestó sobre Cristo en el Jordán, y nos indicó ya presente al Mesías.

Ese Espíritu descendió sobre los creyentes la mañana de Pentecostés. Mientras estaban reunidos en oración, junto a la Madre de Jesús, la Promesa, el Abogado, el que Jesús prometió a sus discípulos en la Última Cena, irrumpió y se posó sobre cada uno de los discípulos en forma de lenguas de fuego (cf. Hch 2,1-13).

Desde ese momento empieza a existir la Iglesia. Por eso es fiesta grande, es nuestro “cumpleaños”.

Lo explicaba san Ireneo (siglo II) con estas hermosas palabras: “Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia, y el Espíritu es la verdad; alejarse de la Iglesia significa rechazar al Espíritu (...) excluirse de la vida” (Adversus haereses III,24,1).

Con el Espíritu Santo tenemos el espíritu de Jesús y entramos en el mundo del amor. Gracias al Espíritu Santo cada bautizado es transformado en lo más profundo de su corazón, es enriquecido con una fuerza especial en el sacramento de la Confirmación, empieza a formar parte del mundo de Dios.

Benedicto XVI explicaba cómo en Pentecostés ocurrió algo totalmente opuesto a lo que había sucedido en Babel (Gen 11,1-9). En aquel oscuro momento del pasado, el egoísmo humano buscó caminos para llegar al cielo y cayó en divisiones profundas, en anarquías y odios. El día de Pentecostés fue, precisamente, lo contrario.

“El orgullo y el egoísmo del hombre siempre crean divisiones, levantan muros de indiferencia, de odio y de violencia. El Espíritu Santo, por el contrario, capacita a los corazones para comprender las lenguas de todos, porque reconstruye el puente de la auténtica comunicación entre la tierra y el cielo. El Espíritu Santo es el Amor” (Benedicto XVI, homilía del 4 de junio de 2006).

Por eso mismo Pentecostés es el día que confirma la vocación misionera de la Iglesia: los Apóstoles empiezan a predicar, a difundir la gran noticia, el Evangelio, que invita a la salvación a los hombres de todos los pueblos y de todas las épocas de la historia, desde el perdón de los pecados y desde la vida profunda de Dios en los corazones.

Pentecostés es fiesta grande para la Iglesia. Y es una llamada a abrir los corazones ante las muchas inspiraciones y luces que el Espíritu Santo no deja de susurrar, de gritar. Porque es Dios, porque es Amor, nos enseña a perdonar, a amar, a difundir el amor.

Podemos hacer nuestra la oración que compuso el Cardenal Jean Verdier (1864-1940) para pedir, sencillamente, luz y ayuda al Espíritu Santo en las mil situaciones de la vida ordinaria, o en aquellos momentos más especiales que podamos atravesar en nuestro caminar hacia el encuentro eterno con el Padre de las misericordias.

“Oh Espíritu Santo,
Amor del Padre, y del Hijo:

Inspírame siempre
lo que debo pensar,
lo que debo decir,
cómo debo decirlo,
lo que debo callar,
cómo debo actuar,
lo que debo hacer,
para gloria de Dios,
bien de las almas
y mi propia santificación.

Espíritu Santo,
dame agudeza para entender,
capacidad para retener,
método y facultad para aprender,
sutileza para interpretar,
gracia y eficacia para hablar.

Dame acierto al empezar,
dirección al progresar
y perfección al acabar.
Amén”

Oración para pedir los dones y frutos del Espíritu Santo.

AUDIO: Meditación

Cómo Prepararnos para Pentecostés

Las Vísperas de Pentecostés

La gloria de la Trinidad en Pentecostés


Catequesis del Beato Juan Pablo II
Audiencia General del Miércoles 31 de mayo de 2000 


La gloria de la Trinidad en Pentecostés
La gloria de la Trinidad en Pentecostés

1. El Pentecostés cristiano, celebración de la efusión del Espíritu Santo, presenta varios aspectos en los escritos neotestamentarios. Comenzaremos con el que nos delinea el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de escuchar. Es el más inmediato en la mente de todos, en la historia del arte e incluso en la liturgia.


San Lucas, en su segunda obra, sitúa el don del Espíritu dentro de una teofanía, es decir, de una revelación divina solemne, que en sus símbolos remite a la experiencia de Israel en el Sinaí (cf. Ex 19). El fragor, el viento impetuoso, el fuego que evoca el fulgor, exaltan la trascendencia divina. En realidad, es el Padre quien da el Espíritu a través de la intervención de Cristo glorificado. Lo dice san Pedro en su discurso: "Jesús, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha derramado, como vosotros veis y oís" (Hch 2, 33). En Pentecostés, como enseña el Catecismo de la Iglesia católica, el Espíritu Santo "se manifiesta, da y comunica como Persona divina (...). En este día se revela plenamente la santísima Trinidad" (nn. 731-732).


2. En efecto, toda la Trinidad está implicada en la irrupción del Espíritu Santo, derramado sobre la primera comunidad y sobre la Iglesia de todos los tiempos como sello de la nueva Alianza anunciada por los profetas (cf. Jr 31, 31-34; Ez 36, 24-27), como confirmación del testimonio y como fuente de unidad en la pluralidad. Con la fuerza del Espíritu Santo, los Apóstoles anuncian al Resucitado, y todos los creyentes, en la diversidad de sus lenguas y, por tanto, de sus culturas y vicisitudes históricas, profesan la única fe en el Señor, "anunciando las maravillas de Dios" (Hch 2, 11).


Es significativo constatar que un comentario judío al Éxodo, refiriéndose al capítulo 10 del Génesis, en el que se traza un mapa de las setenta naciones que, según se creía, constituían la humanidad entera, las remite al Sinaí para escuchar la palabra de Dios: "En el Sinaí la voz del Señor se dividió en setenta lenguas, para que todas las naciones pudieran comprender" (Éxodo Rabba", 5, 9). Así, también en el Pentecostés que relata san Lucas, la palabra de Dios, mediante los Apóstoles, se dirige a la humanidad para anunciar a todas las naciones, en su diversidad, "las maravillas de Dios" (Hch 2, 11).


3. Sin embargo, en el Nuevo Testamento hay otro relato que podríamos llamar el Pentecostés de san Juan. En efecto, en el cuarto evangelio la efusión del Espíritu Santo se sitúa en la tarde misma de Pascua y se halla íntimamente vinculada a la Resurrección. Se lee en san Juan: "Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con vosotros". Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: "La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío". Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos"" (Jn 20, 19-23).


También en este relato de san Juan resplandece la gloria de la Trinidad: de Cristo resucitado, que se manifiesta en su cuerpo glorioso; del Padre, que está en la fuente de la misión apostólica; y del Espíritu Santo, derramado como don de paz. Así se cumple la promesa hecha por Cristo, dentro de esas mismas paredes, en los discursos de despedida a los discípulos: "El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Jn 14, 26). La presencia del Espíritu en la Iglesia está destinada al perdón de los pecados, al recuerdo y a la realización del Evangelio en la vida, en la actuación cada vez más profunda de la unidad en el amor.


El acto simbólico de soplar quiere evocar el acto del Creador que, después de modelar el cuerpo del hombre con polvo del suelo, "insufló en sus narices un aliento de vida" (Gn 2, 7). Cristo resucitado comunica otro soplo de vida, "el Espíritu Santo". La redención es una nueva creación, obra divina en la que la Iglesia está llamada a colaborar mediante el ministerio de la reconciliación.


4. El apóstol san Pablo no nos ofrece un relato directo de la efusión del Espíritu, pero cita sus frutos con tal intensidad que se podría hablar de un Pentecostés paulino, también presentado en una perspectiva trinitaria. Según dos pasajes paralelos de las cartas a los Gálatas y a los Romanos, el Espíritu es el don del Padre, que nos transforma en hijos adoptivos, haciéndonos partícipes de la vida misma de la familia divina. Por eso afirma san Pablo: "No recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si somos hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo" (Rm 8, 15-17; cf. Ga 4, 6-7).


Con el Espíritu Santo en el corazón podemos dirigirnos a Dios con el nombre familiar abbá, que Jesús mismo usaba con respecto a su Padre celestial (cf. Mc 14, 36). Como él, debemos caminar según el Espíritu en la libertad interior profunda: "El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí" (Ga 5, 22-23).


Concluyamos esta contemplación de la Trinidad en Pentecostés con una invocación de la liturgia de Oriente: "Venid, pueblos, adoremos a la Divinidad en tres personas: el Padre, en el Hijo, con el Espíritu Santo. Porque el Padre, desde toda la eternidad, engendra un Hijo coeterno que reina con él, y el Espíritu Santo está en el Padre, es glorificado con el Hijo, potencia única, sustancia única, divinidad única... ¡Gloria a ti, Trinidad santa!"

miércoles, 16 de mayo de 2012

Preparándonos para Pentecostés


El pasaje del Evangelio que se lee hoy, miércoles 16 de mayo de 2012, está contenido en los versículos 12 a 15, del capítulo 16  de San Juan. Se trata de una lectura breve mas, como todo lo escrito por San Juan, tiene una gran densidad teológica. Dice el Señor:
(12) Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora.
(13) Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.
(14) El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.
(15) Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: 'Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes'.

San Simeón, conocido como el Nuevo Teólogo, fue un monje griego que vivió en el siglo X y es santo de la Iglesia Ortodoxa. En relación este pasaje del Evangelio, Simeón tiene escrita una catequesis cuyo título es, precisamente, el versículo 13 del capítulo 16 de San Juan: "Cuando venga, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena"

La "llave del conocimiento"(Lc 11,52) no es otra cosa que la gracia del Espíritu Santo.  Se da por la fe. 
Por la iluminación, produce realmente el conocimiento y hasta el conocimiento pleno. Despierta nuestro espíritu encerrado y oscurecido, a menudo con parábolas y símbolos, pero también con afirmaciones más claras... hechas atención en el sentido espiritual de la palabra. Si la llave no es buena, la puerta no se abre. Porque, dice el Buen Pastor, " es a él a quien el portero abre " (Jn 10,3). Pero si la puerta no se abre, nadie entra en la casa del Padre, porque Cristo dijo: "Nadie va al Padre sin pasar por mí" (Jn 14,6).
Por tanto, es el Espíritu Santo, el primero, que despierta nuestro espíritu y nos enseña lo que concierne al Padre y el Hijo. Cristo nos dice esto también: 
"Cuando venga, él, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, dará testimonio en mi favor, y os guiará hacia la verdad plena" (Jn 15,26; 16,13). 
Ved cómo, por el Espíritu o más bien en el Espíritu, el Padre y el Hijo se dan a conocer, inseparablemente...
Si se llama llave al Espíritu Santo, es porque, por él y en él primero, tenemos el espíritu iluminado. Una vez purificados, somos iluminados por la luz del conocimiento. Somos bautizados desde lo alto, recibimos un nuevo nacimiento y llegamos a ser hijos de Dios, como dice san Pablo: "El Espíritu Santo clama por nosotros con gemidos inefables" (Rm 8,26). Y todavía más: "Dios derramó su Espíritu en nuestros corazones que grita: ' Abba, Padre'" (Ga 4,6). 
Es pues él quien nos muestra la puerta, puerta que es luz, y la puerta nos enseña que, aquel que habita en la casa ,es él también luz inaccesible.
Catequesis, 33; SC 113 


Ya próximos a festejar Pentecostés, es saludable prepararse espiritualmente para suplicar y esperar la venida del Espíritu Santo a la Iglesia y a cada uno de los bautizados. Una vieja y piadosa tradición de la Iglesia, recomienda rezar la oración de Simeón el Nuevo Teólogo al Espíritu Santo:

Ven, luz verdadera. 
Ven, vida eterna. 
Ven, misterio oculto. 
Ven, tesoro sin nombre. 
Ven, realidad inefable. 
Ven, Persona inconcebible. 
Ven, felicidad sin fin. 
Ven, luz sin ocaso. 
Ven, espera infalible de todos los que deben ser salvados. 
Ven, despertar de los que están acostados. 
Ven, resurrección de los muertos. 
Ven, oh poderoso, que haces siempre todo y rehaces y transformas por tu solo poder. 
Ven, oh invisible y totalmente intangible e impalpable. 
Ven, tú que siempre permaneces inmóvil y a cada instante te mueves todo entero y vienes a nosotros, tumbados en los infiernos, oh tú, por encima de todos los cielos. 
Ven, oh Nombre bien amado y respetado por doquier, del cual expresar el ser o conocer la naturaleza permanece prohibido. 
Ven, gozo eterno.

Ven, corona imperecedera. 
Ven, púrpura del gran rey nuestro Dios. 
Ven, cintura cristalina y centelleante de joyas. 
Ven, sandalia inaccesible. 
Ven, púrpura real. 
Ven, derecha verdaderamente soberana. 
Ven, tú que has deseado y deseas mi alma miserable. 
Ven tú, el Solo, al solo, ya que tú quieres que esté solo. 
Ven, tú que me has separado de todo y me has hecho solitario en este mundo. 
Ven, tú convertido en ti mismo en mi deseo, que has hecho que te deseara, tú, el absolutamente inaccesible.
Ven, mi soplo y mi vida. 
Ven, consuelo de mi pobre alma. 
Ven, mi gozo, mi gloria, mis delicias sin fin”[1].

Otra oración muy recomendable que, primero fue atribuida a San Agustín y, luego, a Juan de Fécamp, del año 1060 y reza así:

Ven, pues; ven, oh consolador buenísimo del alma que sufre… 
Ven, tú que purificas las manchas, tú que curas las heridas. 
Ven, fuerza de los débiles, vencedor de los orgullosos. 
Ven, oh tierno padre de los huérfanos… 
Ven, esperanza de los pobres… 
Ven, estrella de los navegantes, puerto de los que naufragan. 
Ven, oh gloriosa insignia de los que viven. 
Ven, tú el más santo de los Espíritus, ven y ten compasión de mí. Hazme conforme a ti…”[2].

Finalmente, se conoce otra oración al Espíritu Santo que se dice que es de autor anónimo y yo prefiero decir que es de un autor, ...que ha querido permanecer en el anonimato para que luzca el verdadero autor, que no es otro que el Espíritu Santo y que reza así:

Ven, Espíritu de Dios, tú que sobrevolaste en el Jordán, y sobrevuelas el altar, convirtiendo las ofrendas; 
Ven, Santo Espíritu divino, luz resplandeciente, brillo eternal, esplendor inenarrable de majestad; 
Ven, Amor Increado, por quien el amor verdadero es verdadero amor; 
Ven, tú que enciendes los corazones en el fuego del Amor divino; 
Ven, oh Amor llameante, que flameas comunicando tu ardor al Sagrado Corazón; 
Ven, tú, que te derramas en la Sangre del Corazón traspasado y te donas en el cáliz del Nuevo Vino; 
Ven, Santidad Increada; 
Ven, tú, que santificaste el seno virgen de María, y llenaste de luz y de gloria la Humanidad santísima del Verbo; 
Ven, y llénanos de tu santidad, y santifícanos; 
Ven, tú, que eres Bueno, con bondad infinita, quema nuestras maldades en el horno ardiente de tu caridad inmensa; oh Espíritu Purísimo, ven, y abrasa nuestras impurezas, así como el fuego acrisola el oro, y así podremos reflejar tu misma luz; 
Ven, luz inaccesible al ojo creado, e ilumina lo más profundo de nuestro ser, que habita en tinieblas y en sombra de muerte, y así resplandeceremos y viviremos por siempre; 
Ven, Tú, Espíritu inefable, desconocido a las criaturas, ven, y toma posesión de nuestro ser; 
Ven, oh Espíritu Santo, introdúcenos en el Corazón del Hombre-Dios, para así tener acceso al Padre en la eternidad; 
Ven, oh Espíritu Santo, ven.

Notas:
[1] Oración que encabeza los himnos. Cit. Congar, Yves, El Espíritu Santo, Editorial Herder, Barcelona 1991, 317.
[2] En Arsène-Henry, Les plus beaux textes sur le Saint-Esprit, París 1968, 204; cit. Congar, o. c.