miércoles, 16 de mayo de 2012

Preparándonos para Pentecostés


El pasaje del Evangelio que se lee hoy, miércoles 16 de mayo de 2012, está contenido en los versículos 12 a 15, del capítulo 16  de San Juan. Se trata de una lectura breve mas, como todo lo escrito por San Juan, tiene una gran densidad teológica. Dice el Señor:
(12) Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora.
(13) Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.
(14) El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.
(15) Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: 'Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes'.

San Simeón, conocido como el Nuevo Teólogo, fue un monje griego que vivió en el siglo X y es santo de la Iglesia Ortodoxa. En relación este pasaje del Evangelio, Simeón tiene escrita una catequesis cuyo título es, precisamente, el versículo 13 del capítulo 16 de San Juan: "Cuando venga, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena"

La "llave del conocimiento"(Lc 11,52) no es otra cosa que la gracia del Espíritu Santo.  Se da por la fe. 
Por la iluminación, produce realmente el conocimiento y hasta el conocimiento pleno. Despierta nuestro espíritu encerrado y oscurecido, a menudo con parábolas y símbolos, pero también con afirmaciones más claras... hechas atención en el sentido espiritual de la palabra. Si la llave no es buena, la puerta no se abre. Porque, dice el Buen Pastor, " es a él a quien el portero abre " (Jn 10,3). Pero si la puerta no se abre, nadie entra en la casa del Padre, porque Cristo dijo: "Nadie va al Padre sin pasar por mí" (Jn 14,6).
Por tanto, es el Espíritu Santo, el primero, que despierta nuestro espíritu y nos enseña lo que concierne al Padre y el Hijo. Cristo nos dice esto también: 
"Cuando venga, él, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, dará testimonio en mi favor, y os guiará hacia la verdad plena" (Jn 15,26; 16,13). 
Ved cómo, por el Espíritu o más bien en el Espíritu, el Padre y el Hijo se dan a conocer, inseparablemente...
Si se llama llave al Espíritu Santo, es porque, por él y en él primero, tenemos el espíritu iluminado. Una vez purificados, somos iluminados por la luz del conocimiento. Somos bautizados desde lo alto, recibimos un nuevo nacimiento y llegamos a ser hijos de Dios, como dice san Pablo: "El Espíritu Santo clama por nosotros con gemidos inefables" (Rm 8,26). Y todavía más: "Dios derramó su Espíritu en nuestros corazones que grita: ' Abba, Padre'" (Ga 4,6). 
Es pues él quien nos muestra la puerta, puerta que es luz, y la puerta nos enseña que, aquel que habita en la casa ,es él también luz inaccesible.
Catequesis, 33; SC 113 


Ya próximos a festejar Pentecostés, es saludable prepararse espiritualmente para suplicar y esperar la venida del Espíritu Santo a la Iglesia y a cada uno de los bautizados. Una vieja y piadosa tradición de la Iglesia, recomienda rezar la oración de Simeón el Nuevo Teólogo al Espíritu Santo:

Ven, luz verdadera. 
Ven, vida eterna. 
Ven, misterio oculto. 
Ven, tesoro sin nombre. 
Ven, realidad inefable. 
Ven, Persona inconcebible. 
Ven, felicidad sin fin. 
Ven, luz sin ocaso. 
Ven, espera infalible de todos los que deben ser salvados. 
Ven, despertar de los que están acostados. 
Ven, resurrección de los muertos. 
Ven, oh poderoso, que haces siempre todo y rehaces y transformas por tu solo poder. 
Ven, oh invisible y totalmente intangible e impalpable. 
Ven, tú que siempre permaneces inmóvil y a cada instante te mueves todo entero y vienes a nosotros, tumbados en los infiernos, oh tú, por encima de todos los cielos. 
Ven, oh Nombre bien amado y respetado por doquier, del cual expresar el ser o conocer la naturaleza permanece prohibido. 
Ven, gozo eterno.

Ven, corona imperecedera. 
Ven, púrpura del gran rey nuestro Dios. 
Ven, cintura cristalina y centelleante de joyas. 
Ven, sandalia inaccesible. 
Ven, púrpura real. 
Ven, derecha verdaderamente soberana. 
Ven, tú que has deseado y deseas mi alma miserable. 
Ven tú, el Solo, al solo, ya que tú quieres que esté solo. 
Ven, tú que me has separado de todo y me has hecho solitario en este mundo. 
Ven, tú convertido en ti mismo en mi deseo, que has hecho que te deseara, tú, el absolutamente inaccesible.
Ven, mi soplo y mi vida. 
Ven, consuelo de mi pobre alma. 
Ven, mi gozo, mi gloria, mis delicias sin fin”[1].

Otra oración muy recomendable que, primero fue atribuida a San Agustín y, luego, a Juan de Fécamp, del año 1060 y reza así:

Ven, pues; ven, oh consolador buenísimo del alma que sufre… 
Ven, tú que purificas las manchas, tú que curas las heridas. 
Ven, fuerza de los débiles, vencedor de los orgullosos. 
Ven, oh tierno padre de los huérfanos… 
Ven, esperanza de los pobres… 
Ven, estrella de los navegantes, puerto de los que naufragan. 
Ven, oh gloriosa insignia de los que viven. 
Ven, tú el más santo de los Espíritus, ven y ten compasión de mí. Hazme conforme a ti…”[2].

Finalmente, se conoce otra oración al Espíritu Santo que se dice que es de autor anónimo y yo prefiero decir que es de un autor, ...que ha querido permanecer en el anonimato para que luzca el verdadero autor, que no es otro que el Espíritu Santo y que reza así:

Ven, Espíritu de Dios, tú que sobrevolaste en el Jordán, y sobrevuelas el altar, convirtiendo las ofrendas; 
Ven, Santo Espíritu divino, luz resplandeciente, brillo eternal, esplendor inenarrable de majestad; 
Ven, Amor Increado, por quien el amor verdadero es verdadero amor; 
Ven, tú que enciendes los corazones en el fuego del Amor divino; 
Ven, oh Amor llameante, que flameas comunicando tu ardor al Sagrado Corazón; 
Ven, tú, que te derramas en la Sangre del Corazón traspasado y te donas en el cáliz del Nuevo Vino; 
Ven, Santidad Increada; 
Ven, tú, que santificaste el seno virgen de María, y llenaste de luz y de gloria la Humanidad santísima del Verbo; 
Ven, y llénanos de tu santidad, y santifícanos; 
Ven, tú, que eres Bueno, con bondad infinita, quema nuestras maldades en el horno ardiente de tu caridad inmensa; oh Espíritu Purísimo, ven, y abrasa nuestras impurezas, así como el fuego acrisola el oro, y así podremos reflejar tu misma luz; 
Ven, luz inaccesible al ojo creado, e ilumina lo más profundo de nuestro ser, que habita en tinieblas y en sombra de muerte, y así resplandeceremos y viviremos por siempre; 
Ven, Tú, Espíritu inefable, desconocido a las criaturas, ven, y toma posesión de nuestro ser; 
Ven, oh Espíritu Santo, introdúcenos en el Corazón del Hombre-Dios, para así tener acceso al Padre en la eternidad; 
Ven, oh Espíritu Santo, ven.

Notas:
[1] Oración que encabeza los himnos. Cit. Congar, Yves, El Espíritu Santo, Editorial Herder, Barcelona 1991, 317.
[2] En Arsène-Henry, Les plus beaux textes sur le Saint-Esprit, París 1968, 204; cit. Congar, o. c.

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